It’s not about skate de Alejandra Quiceno

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Pasando por un pequeño portal en el que el número 40 apenas se vislumbra, se llega a un salón vacío, pintado de blanco humo, frío, silencioso, como la antesala de un convento abandonado. A continuación, una breve escalera sube hacia un patio pequeño y destechado, del ancho de una corbata, y de texturas rugosas, crudas y grises, sobre las que se acumulan algunos muebles y estantes viejos. Es mediodía y los sonidos de la calle se han anulado casi por completo dentro de este laberinto que parece existir en un radio de 40 metros cuadrados, y pasa desapercibido en medio de bares, cafés y una estación de metro muy céntrica en la ciudad madrileña.

Alejandra Quiceno me espera en el portal y me guía por los extraños pasillos hasta llegar a su refugio de trabajo. Su voz amable y melodiosa suaviza los espacios que vamos recorriendo y que, contrariamente a lo que parecía hasta ahora, acaban en una deslumbrante y cálida cueva en la que trabajan otros creadores como ella. Tras una última puerta, los recuerdos e historias de muchas personas, de esta y otras ciudades en el mundo, aguardan pacientemente la fecha y hora de entrega, convertidos esta vez en longboards —estos patinetes largos y anchos nacidos en el Hawai de los años 50— intervenidos por las ilustraciones de esta diseñadora nacida en Colombia y radicada en Madrid desde los 12 años.

Rodemos hacia atrás. En la década en la que la rebeldía de James Dean y los sensuales movimientos de cadera de Elvis Presley servían de coartadas distractoras frente a guerras, hambrunas, golpes de Estado, dictadores, bombas, el primer viaje espacial de un ser vivo —Laika, siempre serás más grande que la historia—, la creación de la televisión y los reproductores individuales de música, entre otras joyas de la historia mundial, un grupete de surfers hawaianos se puso listo y decidió replicar sobre el pavimento el vaivén de sus tablas sobre el mar. Así fue la primera mutación del skate o patinete, al que le pusieron un corte más ancho y largo de madera y ruedas de poliuretano para asegurar resistencia y levedad. Avance y diversión, sin lugar a duda.

Muchos años después, una muchacha bogotana se deslizaba libre y feliz sobre su longboard por las calles de Madrid y Sevilla, en tanto que la vida parecía resuelta para todos, o al menos para ella. Pero aquí viene el quiebre, porque el suelo sobre el que rodaba empezó a resquebrajarse y se devoró trabajo, pareja y casa. Y fue así que puso a la venta su preciado medio de transporte para llegar a fin de mes. Una situación muy familiar para muchos. En ese tiempo, un amigo suyo le propuso comprarle el aparato si -y solo si- ella lo intervenía con una de sus ilustraciones. He ahí el germen. Avance y diversión, ya lo dijimos antes.

A partir de entonces, la vida fue otra. En noviembre de 2018 se iniciaba el proyecto y en septiembre de 2019 se lanzaba por primera vez en Instagram @Notaboutskate, la marca que a Alejandra le permite ilustrar y pintar longboards a pedido, y que la ha llevado a conocer voces, momentos, ritmos y temperaturas diversas, tal cual cada uno de sus clientes. Su método de indagación exige sobrepasar el reto de sostenerle la mirada. Ella dibuja y borra con los ojos mientras te invita un café y te deja contarle algo, lo que quieras. Hasta que ese Algo se convierte en Todo. Y unos días después la conversación acabada se transforma en un correo electrónico con una propuesta visual. Estas son las líneas de tu memoria. Hágale pues.

Aún conserva la tabla que ella ahora ya no monta. Le pregunto si su amigo no se la llevó y me cuenta que, luego de confesarle que le daba mucha tristeza dejar ir ese pedazo de su propia historia, mandó a hacer un corte de madera igual y fue ese el que intervino: “Fue una suerte, conocí a un tipo que trabaja la madera en formato longboard solo por pasión. Y a partir de entonces los pedidos se los hago a él. Todo el proceso de hacerlas me toma dos semanas».

Solo con ver las tablas habitando su taller, se entiende fácilmente que quienes las piden y reciben prefieren verlas colgando en sus paredes, como un cuadro o una fotografía, en vez de hacerlas rodar con su peso sobre ellas. Esa fragilidad que solo nos provoca la nostalgia de nosotros mismos. Me pregunto, sin decírselo, cómo sería una tabla mía. Qué momento contaría. Qué colores. Apuro el café y me despido no sin antes preguntarle a quién lee, qué artistas sigue o qué música escucha: “El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince, es uno de los libros que más me ha tocado. Ahora estoy fascinada con el poeta rumano Miguel Gane. sobre los artistas, soy fanática a muerte de esta diosa y sus viñetas: la gran Flavita Banana; el trazo de Mafalda Vanconcelos me inspira y me apetece indagar este camino, al igual que las formas orgánicas y colores de la creadora checa Jan Skácelík; también me encantan las tablas que crea Bronek y me motivan las frases del mexicano Rubén Álvarez .
Y sobre la canción… Soy melómana e infiel con canciones, tengo alta capacidad para enamorarme de muchas. Pero te voy a pasar mi canción del momento, la que se puede disfrutar lentamente: Dulcito e coco, de Vicente García”. Por supuesto, pienso. Y me alejo andando.

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Más información:

www.instagram.com/notaboutskate/

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