Antes de crecer, ¡léeme!

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Hace años, en una clase de literatura de la universidad, una profesora ante una clase de alumnos de veintipocos preguntó: “¿Habéis leído Rojo y negro de Stendhal?”

La mayoría respondimos que no, y ella añadió: “Ya deberíais haberla leído. Es una novela de formación”. Le faltó decir que nos habíamos dejado un peldaño en el camino. Automáticamente se generalizó el descontento y la animadversión hacia la docente por tal sentencia.

En italiano romanzo di formazione y en alemán bildungsroman, así es cómo se las conoce más popularmente, ya que en el ámbito hispano las novelas de formación no han tenido mucho recorrido. En ellas normalmente se narran las aventuras de un joven que se enfrenta a la vida en un viaje iniciático. Descubre el mundo, se descubre a sí mismo. El argumento mismo de estas novelas suele basarse en ese proceso de incorporación a la sociedad de los más jóvenes, cuando abandonan la supuesta comodidad inicial y se lanzan a la realidad. A partir de ese choque comienza la tragedia. El pensamiento del protagonista discuerda con su entorno y sufre las consecuencias: puede luchar contra la colectividad o renunciar a sus valores para vivir acorde con el resto.

Se suele decir que este tipo de novelas deben leerse a una cierta edad, cuando nosotros mismos estamos a punto de experimentar las mismas vicisitudes que los protagonistas o estamos en ello. Se destila de ellas cierta intención pedagógica y son de fácil identificación por parte del lector por la edad de los protagonistas o por los temas que trata. No hace falta remitirnos a ejemplos canónicos para mostrar un retrato de su veracidad. Los nacidos en los noventa hemos tenido la saga de Harry Potter, Las crónicas de Narnia, o prácticamente casi toda la producción de la escritora Laura Gallego con Memorias de Idhún o Finis Mundi. Un mundo fantástico que nos ayuda a resguardarnos de la realidad, atrayente, pero que a la vez nos instruye.

Su máximo exponente es una literatura que narra la vida de personajes jóvenes, pero hay quienes no acotan estas narraciones a esa edad, sino que la generalizan a cualquier tramo de vida. Un ejemplo de ello es la obra del escritor italoaustríaco Italo Svevo. Escribió tres novelas (Una vita, Senilitá y La coscienza di Zeno) donde los tres protagonistas son unos ineptos que no son capaces de afrontar la vida y de aceptarla, engañándose a ellos mismos continuamente ya en la edad adulta.

Entonces, ¿puedo leer Rojo y negro ahora con 28 años? ¿Me servirá de algo abrir el libro? Stendhal en esta novela relata la vida de un joven provinciano francés llamado Julien Sorel en la década de 1820, en el ficticio pueblo de Verrières. Hijo de un aserrador y amante de los libros, encuentra el rechazo de su padre por cualquier cosa que se aleje del trabajo físico; es una pérdida de tiempo leer. Ya tenemos ahí un choque directo con la realidad y lo que le pedimos a título personal. Luego, según va avanzando en los distintos trabajos que consigue gracias a su intelecto, siente puro rechazo por las costumbres y el comportamiento de la sociedad adinerada para la que trabaja, así como por el entorno eclesiástico. No comparte su forma de afrontar la vida, de tratar a los demás y de pensar. Tendrá que elegir entre “domesticarse”, actuar según su criterio o encontrar los recovecos de las reglas. La identificación que pueda sentir el lector con este personaje basada tan solo en la edad y en las experiencias que por norma debemos experimentar esos años es reducir la obra casi en su totalidad, porque hay muchos más frentes posibles: el revisar lo ya vivido, el compararlo con la edad que se está viviendo y ver que ese tipo de situaciones no solo se dan en la adolescencia y al inicio de la madurez… Afirmaciones categóricas como las de cercenar un tipo de lectura a un único tipo de edad (aunque se crea que habrá mayor aprovechamiento en un período de vida concreto) son coercitivas y reflejan indirectamente la defensa de un margen de apreciación y aprovechamiento muy acotado por parte de los lectores. Parece ser que tienen que estar muy delimitados los destinatarios en las obras. El caso de Rojo y negro de Stendhal, el de Tom Jones de Henry Fielding o el de David Copperfield de Charles Dickens, con una escritura que no está adaptada a una edad más joven, defienden esa pluralidad.

En cualquier caso, nunca es tarde para emprender una lectura que, en principio, no corresponde a nuestra edad, porque nadie ha puesto una fecha límite para aprender.

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