El editor a través del autor

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Tanto la escritura como la lectura suelen precisar soledad. El escritor crea habiendo observado la realidad y evadiéndose de ella en un papel o una pantalla, y los lectores abordamos las páginas sin más ayuda que las letras, nuestros ojos y nuestra imaginación recreadora. Da igual el emplazamiento, el ruido o las personas que caminen alrededor. Estamos solos en el camino.

La escritura, en concreto, la hemos entendido siempre como una acción procedente de una sola mente. Creemos que las historias y las sensaciones nos llegan sin alteraciones desde el mundo del autor. No pensamos en que detrás pueda haber más de una figura que destile el mensaje y le dé color. Desconocemos a quienes se esconden en el proceso de publicación de un libro, o al menos no tenemos plena conciencia de ello como lectores habituales. Sin embargo, a lo largo y ancho del libro surgen editores, maquetadores, correctores, traductores (si los hubiera)… entre otros.

Coincidiendo con la celebración del Día del Libro hemos querido dar luz a una de estas figuras, la del editor. Debido a la precarización que hemos ido sufriendo en casi todos los sectores culturales, el número de personas involucradas en cualquier manifestación artística ha disminuido peligrosamente, y el mundo editorial no ha sido una excepción. Se ha llegado a prescindir de aquellos trabajos que no se notan “a primera vista”, como puede ser el de la corrección o la edición, haciendo un flaco favor al producto final. El trabajo de la edición, en particular, es uno de los que más se centra en el contenido de la obra. Mantiene la visión externa y la coherencia, da luz a las partes más indefinidas del texto, despeja los límites de la percepción del autor que, siendo conocedor como nadie de su propio mundo, puede perder por exceso de información. Por todo esto queremos poner en valor su importancia, vital no solo para el lector, sino también para los propios autores. Escriben sus textos en soledad, pero necesitan de unas manos que manejen las palabras antes de llegar al último receptor.

Para esta defensa qué mejor que ponernos en contacto con distintos autores para que sean ellos quienes nos cuenten la influencia del editor en sus creaciones.

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El primero en contestarnos fue Ángelo Nestore, autor de los poemarios “Adán o nada” de Bandaáparte y “Actos impuros” de Hiperión y a la vez editor de la editorial La Señora Dalloway: “Estoy convencido de que el artefacto libro nace de un trabajo en simbiosis entre muchos actores: autor, editor, traductor, corrector, imprenta, distribución, librero. Cada uno de ellos influye, de una forma u otra, en el producto final, aunque muchos de ellos están invisibilizados.” El mismo poeta se coloca dentro de un proceso que involucra a más personalidades, al igual que María Sánchez, autora de “Cuaderno de campo” (La Bella Varsovia, 2017), quien comparte con nosotros que su editora “es una parte fundamental y necesaria de mi escritura. Es un punto de apoyo imprescindible. Muchas veces, no somos conscientes de la importancia de la edición de un libro.” Incluso remarca cómo la obra se enriquece con la edición: “Yo, por ejemplo, cuando empecé a mandar poemas a algunas revistas o antologías, los escribía y punto. No los dejaba reposar, no los corregía, nada de nada. Hasta que no empecé a trabajar con Elena Medel no me di cuenta de la importancia de una buena editora. El libro se hace y crece de forma diferente, pausado, más tranquilo, más seguro” y añade que su aclamado poemario “no sería el libro que es hoy” sin su editora.

Rodrigo G. Marina, autor galardonado con el I Premio de Poesía Irreconciliables por su obra “Aureus” (Bandaáparte, 2017), nos cuenta la comunicación que mantuvo con su editor en el proceso de maquetación: “Fue necesario a posteriori valorarlo [el poemario]  dentro de los formatos editoriales. Bandaàparte estuvo muy pendiente, pese al poco tiempo del que disponíamos, de las correcciones, así como los versos que debían ser recortados y me permitió remodelar pequeños detalles”. Le da valor a la elección de la portada y el acabado del libro: “El mismo Óscar Esquivias me confesó haber comprado “Aureus” porque le había llamado la atención la portada; cosa de agradecer a Pedro Peinado“, expresando la importancia del proceso más técnico en el contacto con el lector.

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Por su parte, Alberto Conejero, dramaturgo y poeta, afirma con ahínco que la relación con sus editores es “cómplice y también de admiración. Son aquellos que siguen teniendo fe en la poesía y el teatro“. Da personalidad propia a las editoriales y al trabajo de la edición. En el caso de Ediciones Antígona, con los que ha publicado su teatro, nos comenta que “están consiguiendo un pequeño milagro y es que el teatro vuelva a tener un lugar propio en las librerías y fundamentalmente en las ganas de los lectores”. A tal nivel que los considera creadores de un estilo donde su principal carta de presentación es su catálogo: “Con Cátedra he publicado “El sueño de la vida” y ha sido un sueño ingresar en la casa que alumbró los títulos que a su vez alumbraron mi propia vocación”.

En el campo de la narrativa, David Lozano, escritor de la trilogía de “La puerta oscura” y de “Donde surgen las sombras” (Ediciones SM), nos asevera que sus libros, sin los editores, “no serían exactamente los mismos sin su intervención. Ellos revisan, sugieren, orientan -a fin de cuentas, mantienen una visión objetiva sobre el texto que el autor no es capaz de conservar– en momentos en los que el autor se halla inmerso en ese desafío tan absorbente que implica afrontar una construcción literaria. También cumplen otra función importante: la de alentar, estimular, porque un escritor también sufre momentos de cansancio e, incluso, de inseguridad“. Almudena Sánchez, a su vez, autora de “La acústica de los iglús” (Caballo de Troya, 2016), corrobora las palabras de David Lozano en cuanto a términos de apoyo y trabajo textual: “Sin mi editor en Caballo de Troya, Alberto Olmos, no hubiera quedado como yo lo ideé. Él me ayudó a mejorar mis relatos a nivel técnico y me motivó mucho en cada e-mail, en cada cerveza en la terraza, en cada acto literario.” y defiende que “sin editor/a no le veo sentido a un libro, no tanto por la corrección o la maquetación —que también—, sino porque legitima el libro, lo valora, apuesta por ti. Y por ese aro de fuego, creo, un escritor/a debe pasar. Son lectores de calidad. Críticos íntimos”.

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En definitiva, los autores en el proceso de edición se enfrentan a sus escritos desde otro punto de vista, con una doble mirada, y se les ofrece esa posibilidad gracias a los editores. Valoran de nuevo su mensaje, lo ponen en tela de juicio y lo depuran.

Al final, un proceso que para los más alejados podría desprestigiar a los autores por romper el espejismo del talento puro y solitario, se convierte en una construcción que mejora y ayuda a la experiencia que disfrutamos como lectores, porque, como nos dijo Ángelo Nestore: “La literatura, cuando se hace con corazón, crea unos vínculos maravillosos que van más allá de una relación de negocios”.

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