Escribir un diario: ficcionar nuestra vida

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En el año 2010 compré Diarios de Andy Warhol, editado por Anagrama. Según contaban en la introducción, estos textos no fueron escritos por la mano del autor, sino por la de su secretaria a la que llamaba todas las mañanas para narrarle paso a paso lo que había hecho el día anterior. A pesar de que la lectura se hacía bastante pesada y monótona, el hecho de apuntar tus vivencias de una manera casi mecánica despertó en mí las ganas de hacer lo mismo: comencé a escribir un diario durante no más de ocho meses imitando su modelo.

En el año 2017 compré Diario de Sintra, de la editorial Gallo Nero. Esta vez no me encontré con algo tan estático como el anterior. Tenía delante un diario a seis manos: los escritores ingleses W. H. Auden, Christopher Isherwood y Stephen Spender, de diciembre de 1935 a julio de 1936, describen su estancia en Sintra. Escriben sobre su llegada a la ciudad, sobre sus viajes por Portugal y España, sobre la relación con los ingleses que vivían en la ciudad lusa, con los artistas que los visitaban… En cierto modo, estaban elaborando un diario de viaje, sobre una experiencia en concreto. Otra vez vino a mí el ansia de plagiar: me compré un cuaderno y aproveché un viaje a Lisboa para comenzar mi propio diario.

Al escribir este nuevo intento de diario quise revisitar aquel que escribí años atrás por culpa de Warhol. Busqué entre cajas, lo encontré envuelto en cinta aislante, lo leí cuando conseguí despegar el “candado”. Y llegó la sorpresa. No recordaba nada de lo que contaba de la manera en la que lo contaba. Conocía los hechos pero no las impresiones. No me recordaba; no me reconocía, y me pregunté si aquello ocurrió de esa manera.

Tras comparar los dos ejemplares pensé en la realidad, en nuestra percepción de la misma y en cómo cambia en cuestión de segundos. Si quisiera encontrar la verdad en un diario de hace ocho años debería volver a entrar en el cuerpo con el que escribí esas palabras. Pasados los años solo quedan los restos de lo que pensara o cómo lo pensara en ese momento, quedando mi memoria como una referencia poco fiable. Al final lees las líneas de un desconocido aunque lo hayas escrito tú mismo. Pensé en Jean Genet y su Diario del ladrón, en Juan Ramón Jiménez y su Diario de un poeta recién casado. Estos dos autores, desde dos perspectivas distintas, hablaban de sus vidas y su realidad; las ponían en el escritorio y las diseccionaban con distintos cuchillos literarios. Pero, ¿y si desde el mismo momento del nacimiento de la obra ya no estamos siendo fieles a la realidad? Se podría designar la realidad como un reflejo de nuestro pensamiento único, irrepetible y subjetivo, distorsionado o modificado según las circunstancias. Al escribir estos diarios, los dos artistas anteriores podrían haber estado escribiendo una realidad paralela a la entendida comunmente por el resto de mortales, condicionada por su pensamiento y que puede no encajar con los pasos del día a día o con la recepción que tuviera en los demás. Del mismo modo, se dijo que muchos de los hechos que se muestran como verídicos en la obra de Genet pertenecían más a la creación de su vida a través del papel, o podríamos enmarcar también la posibilidad de que las reflexiones de Juan Ramón Jiménez no tuvieran consecuencia en su entorno, quedándose encerradas en su mente y en su propio mirar del mundo.

Entonces, ¿se ficcionaron al hablar de sí mismos? ¿Nos ficcionamos nosotros si intentamos escribir un diario? La existencia, al final, es solo la percepción de la misma por parte de la subjetividad de cada uno de nosotros, pero a través del ejercicio de la escritura y las posibilidades que nos ofrece para generar otros mundos podemos vincular realidad y ficción y no saber distinguir entre sus márgenes.

En el año 1977 nace el subgénero literario “autoficción”, denominado así por el escritor Serge Doubrovsky. Sus autores utilizan la ficción para “sincerarse” a través de su propia colocación como personajes en una narración autobiográfica, pero que los lectores deben entender como ficticia. El autor será el narrador y el personaje de su historia, basada en hechos reales pero que parte hacia el mundo imaginario. El lector, a su vez, conoce que quien nos cuenta la historia es una persona real. El ser humano, el narrador, existe. Al menos tiene vida, es de carne y hueso y ha escrito esas palabras conscientemente, aunque su historia se aleje de hechos demostrables. El éxito de este subgénero se halla en la turbia frontera entre realidad y ficción que nos ofrece. Hay autores contemporáneos que cultivan este género, pero para conseguir una plasmación más inmediata del ejemplo nos retrotraemos a La Divina Comedia de Dante Alighieri (1265-1321). El autor italiano baja él mismo a los infiernos acompañado de figuras vitales en su vida. Desde su escritorio crea esa ficción en la que describe el infierno, el purgatorio y el cielo con las personalidades de su época como habitantes. Es él, con su realidad material, rodeado de aventuras irreales a través de su imaginación.

Pero, ¿qué ocurre con nuestro diario personal? ¿Estaríamos creando autoficciones en nuestros diarios? Colocamos nuestros nombres, relatamos los eventos que nos han ocurrido pero la percepción de estos puede ser tan variada y tan alejada de los sucesos reales que puede que nos estemos introduciendo en historias que se nutren de nuestras vidas aunque no las reflejen. No hay verdad absoluta; solo verdades individuales. Nos tenemos que quedar con no ser capaces de contar la verdad porque, a no ser que narremos algo que nunca ha ocurrido, nada de lo que escribamos en nuestro diario va a poder ser fiel. La mímesis de la realidad siempre dependerá de la “objetividad” del amanuense que se encargue de retratarla.

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