Rescate a un autor (I): Felipe Trigo, extremeño extemporáneo

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Felipe Trigo (1864-1916) es el primer autor que traemos a nuestras páginas, rescatándolo desde un supuesto olvido, impuesto o natural, a través de una serie de artículos en los que intentaremos dar justicia a las letras que por una razón o por otra han estado apartadas.

Si Luigi Pirandello decía aquello de “La vita o si vive o si scrive” era porque no conocía a Felipe Trigo. Para comprender su obra tenemos que viajar de la mano de su biografía porque sus títulos más importantes están basados en sus vivencias. No era un mero observador de la vida; la vivía, y al comprenderla o reflexionarla, la escribía. Construyó su obra literaria con referencias claramente autobiográficas.

Autorretrato de Felipe Trigo

Nació en Villanueva de la Serena (Badajoz), pero estudió el bachillerato en Badajoz y Medicina en el Hospital de San Carlos de Madrid. Para un joven extremeño de la época poder ir a la capital a estudiar, vivir la distinta vida que te ofrece la ciudad… le llevó a escribir En la carrera (1909), donde Esteban da los primeros pasos de su vida adulta en Madrid.

Una vez terminó los estudios, nuestro autor volvió a su tierra natal para trabajar como médico en las localidades de Valverde de Mérida y Trujillanos. La vuelta a los orígenes no fue tan placentera como podría imaginarse, y lo dejó por escrito en El médico rural (1912). En esta obra un joven médico inexperto comienza a ejercer su profesión de manera honrada hasta que se corrompe por convivir con las clases altas de la zona, más interesadas en la apariencia y en lo efímero. Lo que podría ser una fuerte crítica a la ignorancia y la miseria de las clases bajas, se puede entender como una defensa de la pureza de los más humildes frente a la vacuidad de las ceremonias sociales y la fachada de la alta cuna.

Uno de los eventos más conocidos de su vida fue su marcha a Filipinas en el Cuerpo de Sanidad Militar, en los años más convulsos de la historia compartida de las islas con España. Fue herido de siete puñaladas por sublevados filipinos en una escaramuza, pero consiguió escapar campo a través. Se le recibió en España como héroe de guerra, aunque no quiso aprovechar la oportunidad para sacarle partido políticamente. Dejó el ejército y se marchó a Mérida.

Reflejó su experiencia filipina en Las ingenuas (1901), novela que le permitió dedicarse por completo a la escritura y el inicio de su éxito literario, conociéndosele tanto en España como en América. Durante los siguientes quince años de su vida todas sus publicaciones tuvieron gran éxito, pero, a pesar de ello, el autor acabó con su vida un 2 de septiembre de 1916.

Pero, ¿de dónde viene el silencio sobre el autor? En su época y entre sus contemporáneos ya se le consideró una figura polémica. Su nombre, basándose más en criterios morales que literarios, se asociaba a textos eróticos de baja calidad y premeditadamente comerciales, y al hecho de ser el introductor en España de la novela sicalíptica. Pero, a su vez, era llamativo cómo figuras reputadas de las letras españolas, a pesar de la devaluación que sufría el autor extremeño, le catalogaban como el escritor que relegaría el anticuado realismo con su nueva forma de escritura (le llegaron a definir como superior al propio Baroja), y al mismo tiempo otros le reprochaban no saber escribir.

En esta controversia autores como Clarín, en una reseña del medio Pluma y Lápiz, le definió como un “corruptor de menores y del idioma”, y Unamuno afirmó, no especialmente sobre Felipe Trigo, pero sí al tipo de publicaciones en el que se le incluía, que: “Cuantas personas vienen de Madrid a este mi retiro de Salamanca me dicen que pocas veces ha florecido tanto la pornografía en la corte de España”, como reflejo de los detractores que descalificaban su obra desde la moral católica de la época.

En cambio, Emilia Pardo Bazán le desgajó de la categoría de novela erótica y dijo que era “el único entre los novelistas españoles que profundiza en el estudio y en el análisis de la pasión. Representa el erotismo […]. Sus sensaciones incendian su oración”. Anula así los dos principios que se presentaban siempre en su contra: el contenido y el uso de la lengua: “Su estilo es el brío, esa impetuosidad que se encuentra en tan pequeño número de escritores”.

Con la llegada de la dictadura llegó el silencio sobre las palabras del autor. Felipe Trigo era un extemporáneo, no había cabida para un pensamiento como el suyo. Defendió el amor libre, la igualdad de la mujer y del hombre, no estaba de acuerdo con su tiempo y lo expresó en sus escritos: “con cada novela de Trigo fue […] como una descarga explosiva lanzada contra la sociedad de su tiempo en tanto entidad moral”, según palabras del propio Gonzalo Torrente Ballester. La supuesta inmoralidad de sus obras no es más que una rebelión contra el pensamiento de la época, y la supuesta incorrección en el lenguaje fue un intento de generar otro modelo lejos de la retórica tradicional, acercando el lenguaje coloquial al lenguaje literario. Hoy en día “el veto” continúa con las pocas posibilidades de encontrar ediciones en papel, salvo por el trabajo que se realiza en Extremadura para mantener con vida las palabras del autor y para darle a conocer por su propia tierra.

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Imagen de portada: Cartelería exposición “Felipe Trigo. Principio de incertidumbre” en Villanueva de la Serena.

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