Rescate a un autor (II): Ferrante Pallavicino, el látigo de la iglesia despótica

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Sainte-Beuve, escritor y crítico literario francés, dijo que para hablar sobre un hombre muerto se debía indagar sobre su relación con Dios, las mujeres y el dinero y así dejaría de ser un fantasma. Si damos esta afirmación por cierta, es realmente fácil devolverle la vida a Ferrante Pallavicino, ya que su vida giró en torno a esos tres pilares.

Pallavicino nació en Parma en 1615 y puede que fuese instruído por un jesuíta o por un educador; se sabe muy poco de su infancia, pero lo que sí se conoce es que desde bien joven dio muestras de una inteligencia superior y de unos valores propios muy incómodos para la época. Cuando contaba con trece años, murió su padre y a los diecisiete entró a formar parte del convento de Santa Maria della Passione en Milán, debido a los apuros económicos que estaba atravesando la familia por la pérdida. El suyo no fue un caso aislado, muchas de las familias nobles “entregaban” a algún familiar a las órdenes religiosas, se podría decir que era un siglo de votos religiosos impuestos, haciéndole flaco favor a las instituciones. Ferrante aceptó obligado los votos de castidad, obediencia y pobreza sin llevarlos nunca a cabo, aunque al mismo tiempo el mundo que le impusieron le proporcionó el camino para desarrollar sus aptitudes intelectuales. Fue transferido al monasterio de San Giovanni di Vergara en Padova, lugar que poseía la biblioteca del gran averroista Nicoletto Vernia da Chieti. En este ambiente pudo desarrollar su vocación: la escritura.

Ferrante Pallavicino

El ambiente de la ciudad en la que vivía giraba en torno a la basílica y a la universidad. Ferrante llegó a Padova tres años después de la muerte del aristotélico Cesare Cremonini da Cento, catedrático de filosofía, pero sus postulaciones aristotélicas heterodoxas aún tenían calado: defendió que la lectura que se había hecho de la obra de Aristóteles por imitación a los escolásticos había desfigurado la teoría original, y proponía una vuelta al origen de sus enseñanzas: un alma material y un dios motor no misericordioso, como en el cristianismo. A Pallavicino le marcó profundamente entrar en contacto con este ambiente y esto es plasmado en la desorientación ética que existe tanto en sus obras como en su comportamiento.

Tres años de encierro y de celibato le llevaron casi a límites de enfermedad. En una de sus novelas, debido a esta experiencia, dijo que es imposible no beber ni comer, que los deseos de la carne no pueden obviarse y pueden acabar dañando a la persona que los niegue. Convencido de que esa no podía ser su vida buscó la liberación en Venezia y en sus prostitutas, llegando a decir que en esta ciudad había nacido el amor.

Llegaron a oídos de sus superiores sus relaciones impuras, y comenzaron a presionarle para abandonar ese camino. Para evitar el desastre y salvaguardar la reputación del convento le concedieron un permiso para viajar por Francia. Falsamente lo aceptó, dejó Padova, se fue a vivir en secreto con su amante y con gran maestría se dedicó a redactar cartas detallando un viaje ficticio para mantener las apariencias.

En 1635 salió Il sole ne’ pianeti, cioè le grandezze della Serenissima Repubblica di Venetia, la primera de muchas obras con las que llamó la atención de las academias de la península italiana. Mostró interés en él Giovan Francesco Loredano, que intercedió para que se le aceptara en la Accademia degli Incogniti, lugar de encuentro para intelectuales donde se hablaba de amor con gran erudición recurriendo a citaciones de los clásicos. A diferencia de las otras academias de la península esta tenía un cierto aire antiespañol y antirromano, sobre todo por la inclusión de muchas de las obras de los miembros en el Index Librorum prohibitorum (la lista de libros prohibidos por la iglesia católica por ser considerados perjudiciales para la fe), sin ser Pallavicino una excepción.

El éxito le llegó a Ferrante con la publicación de La Taliclea, en 1636, dedicada a Federico II de Medici, sodomita confeso. En esta novela se encuentran elementos políticos a través de los personajes que, escondiéndose en tramas ficticias, hablan de la realidad. En 1638 publicó Sansone, una obra fuertemente misógina fruto del rechazo de la cantante y compositora Barbara Strozzi y, en cierto modo, autobiográfica. Ese mismo año, y en contra de los canónigos sin moral ni religión que le debían ordenar sacerdote, publicó también La pudicitia schernita, basada en la Roma decadente entre los siglos I y II d.C. con los ritos orientales tomando más protagonismo que los nacionales.

A partir de esta obra Ferrante comenzó a correr peligro al ser perseguido por las autoridades censoras y eclesiásticas. Consiguió calmar los ánimos con la publicación de Le Bellezze dell’anima, un tratado ascético en cuya dedicatoria deja clara su intención de enmendarse, aunque casi no le duró. Al poco escribió el “pamphlet politico” Il corriere svaligiato, donde un grupo de nobles leen por placer las cartas que le roban a un cartero, pero su publicación fue vetada y volvió a estar en la mira de los censores. A causa del peligro, y por recomendación de sus amistades, decidió viajar por Europa. Se encuentró con una Alemania llena de ejércitos y de horrores bajo el nombre de una iglesia que no reconocía y que sabía que no tenía moral alguna, motivándole a recuperar la pureza de los orígenes del cristianismo.

Tras una estancia en la cárcel por un chivatazo de un amigo que le acusó de blasfemo y convertirse en el látigo literario de los Barberini (la familia del Papa Urbano VIII) publicó bajo seudónimo (“Por aquel que bien sabéis”) La retorica delle puttane, una obra basada irónicamente en los preceptos del jesuita padre Cipriano Suárez, pero esta vez con enseñanzas a una joven que quiera instruirse como cortigiana. Los votos que esta debía acometer eran los de lujuria, avaricia y eterno fingimiento, en contraposición a los que Ferrante tuvo que aceptar. Su lucha contra la Iglesia continuó más allá de esta retórica y le llevó a escribir Il Divortio Celeste donde hablaba de los abusos de la religión y se atrevía a decir que la iglesia romana es la mujer prostituta de Cristo, en una defensa a la iglesia original.

Finalmente, en una conjura elaborada por los Barberini, fue decapitado el 5 de marzo de 1644 en Avignon, mientras se encaminaba supuestamente a trabajar como historiador de un cardenal junto a un caballero francés.

Ferrante Pallavicino fue una de esas figuras que defendieron una postura incómoda para la época en la que vivieron, precursor, históricamente hablando, de autores como el marqués de Sade, manteniendo hasta el final sus ideas porque eran el estandarte de la verdad en la que creía.

Sin perder de vista el consejo de Sainte-Beuve para insuflarle vida a los muertos, deberíamos decir que su relación con Dios se resume en la fidelidad a unos valores que la iglesia de su época había prostituido de manera despótica y nepótica; que de su relación con las mujeres se desprende una defensa de los sentidos y los placeres corporales, y que sobre el dinero, sabemos que su máxima vital fue encontrar un trabajo que le diera tiempo para dedicarse a su pasión por la escritura y revelar la verdad que desde sus ojos apreciaba. Si llevar una vida con estos pilares le llevó a la muerte es necesario sacar a la luz una orgullosa frase de su testamento apócrifo como colofón: “Muoro martire della verità”.

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