Grace Neutral: la belleza del encontrarse y construirse

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La primera vez que experimenté el síndrome de Stendhal, con todo su fulgor estético, tenía un libro entre las manos. Fue con Il Piacere de Gabrielle D’Annunzio y había sido un encargo de clase de literatura. En él Andrea Sperelli, un aristócrata de la Roma del 1884 que se dedica a disfrutar de los placeres de la vida, tenía como máxima una de las amplias enseñanzas de su padre: “Bisogna fare la propria vita, come si fa un’opera d’arte. Bisogna che la vita d’un uomo d’intelletto sia opera di lui. La superiorità vera è tutta qui“. [La vida se debe construir como una obra de arte. La vida de un hombre intelectual tiene que ser su propia obra. La verdadera superioridad está aquí.]

Al leer esta frase, en una posición bastante incómoda propia del desinterés, tuve que soltar el libro y levantarme. No pude continuar. Esta concepción superó mis expectativas y abrió demasiados caminos que recorrer como para dejarlos escapar. Por primera vez, me planteé que tus actos, y más claramente los cotidianos, podían suponer una obra de arte por sí misma. No hacía falta marginar a algo material una obra artística, también podía serlo una vida, cualquiera de las nuestras, y los pequeños materiales que utilizaríamos para su construcción serían nuestras decisiones, nuestras acciones y el trato que tengamos con los demás. El arte baja para que lo usásemos.

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Si hablamos de la vida como obra de arte, puede que nos quede entre las manos una sombra muy difusa, sin contornos, sin poder concretar a qué nos estamos refiriendo por ser algo demasiado etéreo y propio de construcciones mentales de cada uno. Al fin y al cabo, es muy fácil decir que podemos ser obras de arte andantes por cómo nos comportamos, pero en realidad estaríamos diciendo mucho sin llegar a decir nada. Pocos nos entenderían o creerían que nos están entendiendo. En mi caso, tengo que utilizar ejemplos, más que definiciones, para poder apoyar lo que yo entiendo como una vida “artística” (siempre desde mi punto de vista), como puede ser el mismo protagonista de la novela dannunziana, Freddy Mercury (con su majestuosidad ante la vida y los escenarios) o un nuevo descubrimiento para mí: Grace Neutral.

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Una de las cosas “interesantes” de Instagram es la cantidad de perfiles que te aparecen a diario como sugerencia, respondiendo a tus “me gusta”. Tras seguir varias cuentas para buscar ideas en cuanto a tatuajes, me apareció un día una joven tatuadora de veintiocho años. Su rasgo más característico no era el 90% de piel que tenía cubierta por tinta: era la particularidad de sus ojos. Se había inyectado tinta entre la esclerótica y la conjuntiva en el globo ocular, consiguiendo que el blanco de los ojos se vuelva azul. Debido a mi desconocimiento de este tipo de proceso, lo primero que me sucedió se puede definir si mezclamos rechazo con fascinación, si es que este cóctel es posible. Busqué información sobre su profesión, entrevistas que hubiera concedido, sus trabajos como tatuadora. En definitiva, había conseguido despertar mi atención. Las escarificaciones en el rostro, la lengua bífida y la ausencia de ombligo no hacían más que añadir información sobre lo que la joven británica había conseguido: se había construido como le había dado la gana.

La utilización del cuerpo como lienzo no es nada nuevo (ya lo hizo la artista francesa Orlan, operándose para alcanzar el ideal de belleza neoplatónica sumando partes de grandes obras artísticas en su rostro), pero Grace Neutral, al igual que otros muchos, es obra de arte sin proponérselo. ¿Cómo? En la búsqueda de su propia identidad, sin denominarse artista más allá de su ejercicio como tatuadora, sin marcarse con un fin propiamente artístico, más allá de su piel, de sus modificaciones corporales. A cada uno de nosotros nos podría salir una larga lista de personas que se hayan convertido en iconos por su comportamiento, y en el caso de los que modifican su cuerpo, lo han conseguido a través de ir cambiándolo. De esta manera no hacen más que intentar verse por fuera con la imagen que poseen en su mente. Incluso es curioso ver cómo, en un reportaje la misma Grace ve una foto de sí misma donde le han quitado todas sus intervenciones con Photoshop, ríe ante el desconocimiento de la persona que ve en el resultado. No es ella, no lo ha sido nunca. Ella es el resultado de todas sus escarificaciones, tatuajes y dilataciones, y será cada vez más perfecta para sí misma según pasen los años y continúe en su camino. Al mismo tiempo, y sin saber si es consciente de ello, está lanzando un discurso. Que una mujer tan joven tenga el cuerpo tan intervenido, con tan pocos espacios en blanco y con una estética tan marcada y alejada de lo común, amplía lo que entendemos por belleza y rompe con cánones que definen qué puede ser desagradable o atrayente.

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No solo lo consigue con su cuerpo, también con sus acciones. En 2016 presentó en Vice un programa llamado Beyond Beauty, donde busca nuevos ideales de belleza, ya sea en la moda, en el físico o en las modificaciones corporales, donde se defendía la belleza del cuerpo humano en todas sus formas. Viajó por Brasil y Corea mostrando lo que muchos entenderían como rarezas, siendo, en realidad, una extensión de lo que entendemos como belleza enriqueciendo la diversidad y la lucha por los derechos sociales de unas minorías, como fue el caso de Nayara Justino, que en 2013 ganó un concurso popular en Brasil y fue destituida por tener la piel “muy oscura”. Ahora ella lleva el pelo sin alisar como signo de identidad y de orgullo.

¿Y la otra cara de la moneda?

A Grace Neutral se la ha tachado de estar hueca, de no tener nada que decir con lo que está haciendo, de querer simplemente salirse de un canon de belleza clásico y llegar a extremos como arriesgarse a quedarse ciega por la tinta en sus ojos. De usar modificaciones que simplemente son actuales y que no la definen realmente, porque no hay, en realidad, ese mundo interior que quiere reflejar en ella. Sea como sea, es hija de nuestra generación (por ello utilizará las herramientas que todos podemos usar si queremos) y aunque no tuviera nada que decir es un ejemplo de autodeterminación y de coger las riendas de lo que nos gusta estéticamente a pesar de que sea minoritario. Tenemos la sensación de que nuestros actos diarios no determinan nuestro futuro, pero que sí lo hace un tatuaje, un piercing, una escarificación o cualquier decisión que nos vaya a dejar huella… En definitiva, queremos tener la posibilidad de volver atrás, de estar como estábamos, tener una vía de escape, y coger un camino tan determinativo como pueden ser las grandes acciones nos asusta, y más ver cómo los demás no tienen miedo a afrontar lo que son o lo que quieren ser.

Andrea Sperelli, al final de su trascurso de Il Piacere, acaba por ser arrastrado por las enseñanzas de su padre sin saber medir el peligro que ellas conllevan. Termina solo, en su casa, alejado de las dos mujeres a las que amó y habiéndolas traicionado tanto a ellas como a sí mismo. No supo calibrar la destrucción y la devastación que puede ser dejarse llevar por el deseo y la belleza. En su mano estuvo saber jugar con sus cartas, en las suyas y en las nuestras, ser propietarios de nuestras vidas, sea cual sea el puerto al que queramos llegar, esté muy abarrotado, estemos solos, nos miren mal o nos consideren repulsivos.

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