«¿Hasta dónde puedo borrar?», preguntó el editor

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No tenemos término medio. En menos de quince días sendas polémicas en el mundo editorial, y las dos completamente opuestas. En una, aparente sobredimensión de la figura del editor y de sus funciones; en otra, total desinterés por la obra del autor. ¿Es que nunca estamos contentos? ¿Dónde quedó eso de “en el término medio está la virtud”?

El 18 de mayo Ignacio Echevarría titulaba como “Malas palabras” la historia de Cristina Morales y la “violencia editorial” en El Cultural. Más allá de otras polémicas de la autora, en esta ocasión se subraya la opinión de la ganadora del Premio Nacional de Literatura 2019 sobre la censura que se ejerce por parte de las editoriales bajo el anglicismo del editting, un cortar más que pegar a diestro y siniestro, por cuestiones dudosas. Con la publicación de dos libros previos a Lectura fácil por parte de Anagrama, se hacían patentes las pullas a su anterior editora, seguramente por las discordancias surgidas en el proceso de edición. Quizá, como señala Ignacio Echevarría, el problema se encuentre en los conceptos de autoría y de intocabilidad de los textos. Incluso sin poder conocer la total veracidad de la discusión, se abre una interesante reflexión sobre la figura del editor y su trabajo con los escritores.

Curiosamente, unas semanas antes, leía en Twitter la historia de Francisco García, un escritor que compartía cómo la publicación de su primera novela se convirtió en una de las peores experiencias de su vida. Correos desganados, nula difusión, lanzamiento tardío, críticas gratuitas y demoledoras… En estas condiciones se formula la historia de Al otro lado del océano, un libro que, en palabras de su propio creador “nació muerto”. Según cuenta, fue un proceso doloroso que le afectó a distintos niveles, hasta tal punto de perder la confianza en su escritura. Prácticamente, después de firmar el contrato, el proceso de edición brilló por su ausencia y a su novela se la condenó a muerte.

Lo que une tanto a Cristina Morales como a Francisco García es un descontento con el trato de sus obras, una por exceso y otro por ausencia. Ya hablamos en ¡Ah! Magazine en una ocasión sobre la importancia de los editores a ojos de algunos escritores contemporáneos, y todos remarcaron el trabajo conjunto, la objetividad que aportan y la mejora que supone en sus escritos trabajar codo con codo con estos expertos literarios. Reman con la misma fuerza que los escritores y los acompañan hasta la publicación, porque no tendría sentido que no estuvieran tan comprometidos con las novelas como lo están los mismos creadores, ¿cierto?

La relación que se establece entre los escritores y las editoriales no debe (o debería) fundamentarse en una simple transacción económica de “yo elaboro un producto y tú lo comercializas”. En la creación y en la publicación de una obra literaria influyen cuestiones tales como la ilusión y la sensibilidad, sobre todo para aquellos que escriben desde el deseo innato de contar una historia y compartirla, sin otras expectativas. Esto supone que las páginas que se encuadernan llevan impresas la esencia del autor y, por lo tanto, no se deberían tratar como objeto inanimado. Entonces, para Cristina Morales y Francisco García, ¿los editores faltaron el respeto a sus textos? Por descontento o por decepción, podemos decir que sí. Sobre todo, porque la base del trabajo en conjunto se desajusta, no se percibe la misma meta y consecuentemente tienes a dos personas que tiran de la misma cuerda hacia dos direcciones contrarias. Una de las opiniones tiene más valor y es la que decide a toda costa, aunque se desvirtúe el conjunto y acabes con un libro en las manos que no representa a nadie (y eso los lectores lo notan).

Entonces, ¿qué hacemos? ¿Cómo deshacemos este entuerto? ¿Editor bueno o malo? ¿Le permitimos cortar y decidir a su gusto y el autor calladito y prudente?

La clave de la solución, por un lado, es no ver al editor como el enemigo. Coherentemente querrá sacar el máximo partido a tu historia (más allá de teorías conspiranoicas), y aceptar sus sugerencias (tras meditarlas) no te convierte en menos autor de tu obra, te convierte en un autor que escucha (y con un pelín de menos ego). Ahora, no olvidemos esa sombra que pulula en algunas editoriales: el editor fantasma. Su total ausencia conlleva una oportunidad perdida, un autor que no se enfrenta a su obra por última vez y la concibe con otros ojos. Sea como sea el cuento, perderíamos la posibilidad de una obra mejorada si cada elemento y cada persona en el proceso no trabajara con todo el respeto y la honestidad que necesita un libro que está por leer.

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