J.K. Rowling, cállate. De los escritores como autoridad moral

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Has creado un universo que más de medio mundo reconoce, miles de niños y niñas, y algún que otro adulto, jugamos a ser los personajes que tan bien formaste en tus novelas; a levantar nuestras varitas y a gritar un buen «Expecto Patronum», como si viéramos surgir un animal blanquecino que nos protege de los Dementores. Hace ya más de veinte años diste vida a esas brujas y magos que nos engancharon a la lectura y comenzamos a soñar contigo y todo gracias a tu ingenio, a tu prosa, a tus aventuras.

Hasta aquí la loa, creo que ya es suficiente para despojarme de la culpabilidad de las palabras que están por venir. Ha llegado el momento de decirlo: J.K. Rowling, cállate.

Este silencio que te pido no es un silencio real, no se lo pido a tus lápices, te lo pido a ti, J.K. Rowling persona, no autora. Como escritora no te calles nunca, aunque a veces nos emocionemos más o menos con tus páginas. ¡No te calles jamás como autora! Que otros discutan si lo que escribías al inicio de tu carrera era mejor de lo que escribes ahora en forma de guion. ¡Nosotros no! Escribe e inventa, por favor, que nadie te pare. Eres importante (¡y mucho!) como escritora. ¿Cómo persona? Pues como cualquier hijo de vecino, para qué nos vamos a engañar.

Hace unos meses la autora de una de las más mágicas sagas literarias fue Trending Topic y muchos corrimos a ver por qué. El motivo, este tuit:

Sin adentrarnos mucho en la polémica, la escritora inglesa apoyó a una mujer que había sido despedida por afirmar que el género era algo que no se podía cambiar, una idea que se acerca al pensamiento del movimiento TERF.

Con mensajes tanto a favor como en contra, una gran parte de sus fans se mostraron molestos y se quejaron de que la persona que les había dado un lugar seguro en su mundo de fantasía, ahora tuviera opiniones hirientes hacia una parte de sus lectores y contra su identidad. Para muestra del enfado, aquí la contestación de una madre al tuit:

Pero ¿acaso su opinión es importante? ¿Nos debe importar? Obviamente sus declaraciones, por ser una escritora de éxito, tienen peso mediático, pero, como lectores, ¿nos deben afectar? ¿Les debemos dar más importancia de la que tiene? ¿No tiene cualquier otra opinión de cualquier otra persona el mismo peso que la suya?

En España también tenemos muchos casos de escritores cuyas opiniones se convierten en máximas, vilipendiadas o alabadas a partes iguales, con un asegurado eco social por su profesión. Por poner algunos ejemplos, Pérez-Reverte acumula un gran historial de polémicas, muchas de ellas localizadas en Twitter y con un gran abanico temático; Cristina Morales, ganadora del Premio Nacional de Narrativa 2019, casi quema Twitter con su idea de una Barcelona de cafeterías cerradas y fuego en las calles; Javier Marías y su crítica al movimiento #Metoo

Su ámbito creativo les requiere de un poder de abstracción y de análisis de la realidad que les permite establecer relaciones y conceptos dentro de un mundo ficticio que se sostiene por sí mismo (si el resultado es exitoso) en la escritura de sus obras. Y, viendo nuestra propia reacción a sus comentarios y las continuas preguntas políticas o sociales que responden en sus entrevistas, se puede deducir que por su labor literaria creemos que poseen mayor capacidad de raciocinio.

Si nos ponemos históricos (y exagerados), saldrá más de un nombre de escritor que defendió ideas que a la luz de nuestro siglo pueden ser fácilmente calificadas como aberrantes: Pirandello, Marinetti o Erza Pound y su confluencia con el fascismo italiano; Gabriel García Márquez y su apoyo a Fidel Castro (con todos los detalles que refleja el poeta cubano Reinaldo Arenas en su biografía Antes que anochezca). Pudiendo ser todos ellos las excepciones que confirman la regla, deberían servirnos para poner en tela de juicio cualquier opinión, venga de donde venga, porque, si nos ponemos científicos y queremos sacar una conclusión certera de todo esto, la experiencia no les da la razón.

Lo que sí podemos afirmar con un 100% de probabilidad de acierto es que la obra siempre permanecerá intacta, jamás se verá perjudicada por las opiniones de su autor. Nosotros, como lectores, debemos aprender a separar al escritor de sus libros, verlos como entes completamente separados y casi sin relación una vez que escriben el punto final porque, como afirmaba Roland Barthes, ya no le pertenece, nos pertenece a nosotros. ¡El autor muere cuando comenzamos a leer!

Así que, querida J.K. Rowling, menos mal que siempre nos quedará Harry Potter y su círculo mágico, porque ni tú ni nadie podrá destrozar lo que construimos en nuestras mentes entre hechizos y escobas.

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