«La exclusión» del Niño de Elche, hondura de un territorio en trance

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La exclusión son los restos de pan que quedan en la mesa.
Ana Folguera

Estando en la fila para entrar al recinto, un hombre de la organización se acerca y nos da unos tapones para los oídos: “El sonido está un pelín alto”, nos dice. En ese momento, considero esa acción como un gesto exagerado y guardo los tapones en el bolso pensando que seguramente no llegaré a usarlos. Ilusa de mí.

Una vez ubicada en mi lugar, observo a la gente que va entrando. Mi cerebro tarda en conectar con el movimiento de los cuerpos que ya se ha iniciado en el escenario. Me doy cuenta de que el sonido que invade la sala se está emitiendo en directo a través del movimiento de aquellos seres cubiertos con capuchas de los que pocos parecen percatarse. Un hombre se arrastra ayudándose de un instrumento para enseguida estamparlo contra el suelo y dejar caer un sonido perfecto.

En la pantalla se proyecta un vídeo en blanco y negro cuya estética me recuerda a Un perro andaluz de Buñuel. En él se muestra un entorno rural lleno de burros comiendo en el que un hombre con una siniestra máscara, de aquellas del siglo XVII que llevaban los médicos para protegerse del contagio de la peste bubónica, está moviendo la paja con una horca. Los burros se acercan a él, y él los ahuyenta poniendo la horca en alto.

Al observar la sala, cuyas luces aún están encendidas, pienso que nosotros también somos como esos burros, andando desorganizadamente, intentando buscar nuestro sitio en el mundo. Las luces se apagan y los cuerpos gesticulan posiciones desequilibradas en una marea inconexa que me seduce. Por fin, el barullo es silencio. El espectáculo ha comenzado:

Al fondo de la sala, del lado derecho, aparece el Niño de Elche, a partir de ahora llamado Ex, con su voz de ultratumba haciendo vibrar todos los muros del Centro de Cultura Contemporánea Conde Duque. Los sonidos que emite parecen un lamento desorganizado e incoherente. Va vestido con una especie de casulla blanca. El personaje baja lentamente las escaleras: su voz mantiene esa fuerza de otro mundo que narcotiza: los tres cuerpos que van arrastrándose por el escenario se levantan y sostienen sus instrumentos: los sonidos se mezclan con una estupefaciente sincronicidad: una gaita, una zanfona, una guitarra, percusiones y los rebuznos de los asnos.

Ex se reúne con los otros cuerpos que ya estaban en el escenario, los congrega en una especie de ritual que me recuerda al akelarre. Ahí, recita El asno de tres patas de Jorge Luis Borges.

En la pantalla se ve la imagen de una cerda que se arrastra por el suelo huyendo de aquel que la persigue, la cámara es un ojo invasor que vulnerabiliza su espacio. La cabeza de un burro aparece en primer plano mientras la voz de Ex inunda el teatro. La imagen me lleva a pensar en la relación que tenemos los humanos con el mundo animal: ¿somos realmente predadores? ¿En algún momento seremos capaces de convivir con otras especies respetando sus ciclos y adaptándonos a ellos?

La imagen de El Retablo de Isenheim, obra maestra del pintor alemán Matthias Grünewald, toma el protagonismo. Ex se acerca y se para frente a ella para desplegar dos grandes telas sobre el suelo. Nada es gratuito en las ideas del Niño de Elche. Mientras eso sucede, mi memoria viaja a aquel momento en el que durante la misa el sacerdote prepara el cuerpo de Cristo. Una estructura de madera colgada de unos arneses baja para colocarse en el centro de la imagen. La pintura pasa a un segundo plano. En el retablo de madera se lee: Tienes que cambiar tu vida. Ex va sacando de una bolsa las partes de un cuerpo, o de varios. Primero cuelga un pie, después una mano, enseguida un rostro, y así varias veces. Cuando ha terminado, las luces bajan para quedarse justo encima de aquellos miembros suspendidos. Al verlos, me vienen a la mente imágenes de la amputación, de las prótesis, de los cuerpos deformes que a lo largo de la historia han sido y están siendo excluidos. Los músicos tocan en círculo, cogen los instrumentos como si fueran sus prótesis. Las luces calientan la cera y los miembros van cayendo uno a uno, se descomponen en una lluvia localizada, derritiéndose. El sonido de su caída se integra como una capa más de la experiencia sonora. Ex señala con la voz, Ex apunta con el cuerpo.

Hablar de totalitarismos desde la locura es sin duda un acto arriesgado, pero ¿qué hay en el mundo que se resguarde tan cerca de la historia política sino la locura misma? En la pantalla un hombre camina apoyándose en un bastón con forma de pierna. Debajo de él yace un cuerpo enterrado. De pronto, la pantalla desaparece casi en su totalidad para descubrir un nuevo escenario que deja atrás lo rural, lo eclesiástico y lo antiguo. Un cambio abrupto que da lugar a lo contemporáneo y al formato clásico de un concierto de rock; sin embargo, no todo es lo que parece.

Ex canta tirado en el suelo, simulando la posición del muerto proyectado. Ex canta con el micrófono metido en la boca. Su cuerpo extiende el impulso para florear el cable del micrófono como lo haría un charro mexicano. Ex lame una cuerda que cuelga del techo. Su cuerpo entra en una catarsis performática que me sume en un trance. Los músicos cambian sus máscaras de médicos del siglo XVII por unas nuevas máscaras blancas.

La presentación de La exclusión ha sido sin duda el espectáculo más impresionante que he visto en este año, y no solo por la fuerza simbólica que transmite, sino por el bagaje que denota. El último trabajo del Niño de Elche me presenta una nueva realidad y, como él dice, las nuevas experiencias crean perturbación. Niño de Elche tiene esa capacidad para emitir mensajes de largo impacto: aún sigo tratando de desprender una a una las capas de lo que mi cerebro y mi cuerpo han comprendido, continúo traduciendo lo que mis oídos han escuchado y lo que mis ojos han visto. Mi quietud ha sido inmutada.

Fotografía: Manuel León

Un concierto en el que la integración de las artes escénicas es un diamante en bruto perfectamente calibrado en un bisel. Una joya heterodoxa que rinde tributo a un disco homónimo de veintisiete temas basados en la búsqueda y la experimentación a partir del ensayo Pensar y no caer del poeta y ensayista Ramón Andrés. Un trabajo concebido desde lo musical, pero también desde el espectáculo como una amalgama inseparable. En él conviven la música antigua, la música industrial, la grabación de campo, la música coral y el spoken word. Una obra creativa, musical y artística que sin duda sorprenderá tanto a aquellos que siguen su trayectoria como a quienes, como yo, lo han descubierto hace apenas algunos meses.

Personalmente, pido que el Niño de Elche nunca se canse de dar volantazos estéticos, porque si bien es verdad que podemos marearnos en el camino e incluso sacar la cabeza por la ventanilla para vomitarlo todo por los aires, el cuerpo siempre se recompone y cuando se desintoxica la recomposición se transforma en un acto evolutivo.

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