Manuel Ángeles Ortiz, cuando la poesía de Lorca se hizo pintura

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“Querría que mi pintura fuese igual que una guitarra cuando toca la soléa, profunda, sin artificio, primitiva, lírica, como el cante jondo, un motivo constante que le da carácter y se repite sin cesar”.
Manuel Ángeles Ortiz

Manuel Ángeles Ortiz

Manuel Ángeles Ortiz (Jaén, 1895 – París, 1984) perteneció a la Generación del 27; pintor, ceramista, escenógrafo y soñador, aunque nació en Jaén, se crió en Granada, donde vivió desde los tres años. En la capital nazarí frecuentaba el Café Alameda, donde coincidía con Ismael González de la Serna, Francisco, Melchor Fernández Almagro, Manuel de Falla, José Acosta Medina, José Mora Guarnido, Antonio Gallego Burín, Hermenegildo Lanz, Ángel Barrios… Y, por supuesto, Federico García Lorca, con el que trabó una íntima amistad. Se decía que las obras de Manuel eran la poesía de Lorca hecha pintura y la poesía de éste era la traducción en literatura de la pintura de Ángeles Ortiz, dando a entender la especial simbiosis que experimentaban ambos amigos, influyentes ambos en sus vidas y sus rumbos.

De izquierda a derecha: Federico García Lorca, Manuel Ángeles Ortiz y Manuel Bueno

Manuel se formó en Granada como pintor con Juan Larrocha y también, de manera formal, en la Escuela de Artes y Oficios con profesores como José María Rodríguez-Acosta y López Mezquita. En 1912 marchó a Madrid, donde trabajó en el taller de Cecilio Plá. Al principio de su carrera, ilustró numerosas publicaciones de sus amigos, los poetas y escritores de la Generación del 27. Estas primeras obras de Ángeles Ortiz están marcadas por una intensa presencia del color y deja intuir un interés por el cubismo, que más adelante se hizo patente.

«Balcón abierto y plato con pescados» , 1924

Más adelante, en 1920, el artista viajó a París para seguir aprendiendo en la Grande Chaumière. Sin embargo, su situación personal – tenía una hija pequeña y acababa de enviudar- hizo que volviera a España. En este periodo ilustra el cartel del Concurso de Cante jondo, organizado en Granada por Federico García Lorca, Manuel de Falla y otros intelectuales que veían necesario potenciar este género, que comenzaba a denostarse. El mismo año en el que se celebra el Concurso de Cante Jondo, 1922, Ángeles Ortiz vuelve a a París, donde se instaló definitivamente y entró en contacto con las corrientes cubistas. Trabó una gran amistad con Picasso, artista que marcó el estilo de Manuel en esta etapa parisina, aunque logró desarrollar un estilo propio al margen del malagueño, enmarcado sin duda en el cubismo, pero de inspiración clásica y volúmenes henchidos.

«Bodegón», 1926

«Sin título», 1929-1933 (ca.)

Estos años en París resultan de lo más fructífero para Manuel. Expuso en las galerías Les Quatre Chemins, Berger y Vavin-Raspail de París y se relacionaba de manera habitual con Pettoruti y Juan Gris. También recibió encargos para realizar las escenografías para piezas musicales de Manuel de Falla –que se perfila como otra de las grandes influencias del artista, junto con Picasso-, Erik Satie y Poulenc, e impulsa la denominada “Escuela de París”, el grupo de artistas españoles asentados en la capital francesa.

«Retrato de Marcelino Domingo», 1933 (ca)

Uno de los problemas, a la hora de analizar la producción de Ángeles Ortiz, es la escasez de obra que ha llegado hasta nuestros días. Aún de este primer periodo parisino tenemos algunas piezas, no obstante, a partir de 1929, hasta finales de los años 30, apenas nos llegan piezas del artista, aunque queda constancia de que debió producir obra en estos años.

«Sin título» 1939-1942

En 1932, Manuel regresó a España y se integró en las Misiones Pedagógicas, colaborando especialmente con La Barraca. Al estallar la Guerra Civil, el artista se posicionó públicamente a favor de la República, lo que le llevó a exiliarse a Argentina. Allí trabajó fundamentalmente como ilustrador para la Editorial Losada.

«Sin título», 1943-1963

En 1948 volvió a París, bajo el amparo de Pablo de Picasso, y comenzó a introducir nuevas técnicas en su obra, como el collage o la cerámica. Los viajes fugaces que realiza a Granada, le afectan notablemente, al poder reconectar el artista con sus raíces, tras su exilio. No obstante, el pintor nunca pudo volver a vivir en España, muriendo en París en 1984.

«Paseo de los cipreses», 1958

Tal vez debido a la imposibilidad de volver a España, o a la falta de obras de algunos periodos del pintor, Manuel Ángeles Ortiz pasa desapercibido a menudo en la historia del arte español. También ha sido eclipsado por Pablo Picasso, pero lo cierto es que el cubismo de Ángeles Ortiz respondía a un cubismo lírico que evolucionó hacia una investigación de lo geométrico y lo abstracto que no desdeñaba el juego cromático. Su producción responde a la perfección a sus anhelos artísticos, que abarcaban todo tipo de manifestaciones, desde el lienzo, hasta la cerámica, pasando por la escenografía o la escultura. Un artista inquieto, activo, que disfrutaba del arte realizándolo o hablando sobre él. Una sensibilidad todoterreno que la Guerra coartó y que la Dictadura enterró bajo un manto de olvido.

«Albaicín «, 1962

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