Nuevas formas de contar lo contado: el cómic y los clásicos

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El 23 de diciembre del 2017 Ron Lalá concedió una entrevista al programa “No es un día cualquiera” de RNE debido al estreno de su nuevo espectáculo Crimen y telón en el teatro Fernando Fernán Gómez. La conversación con Pepa Fernández iba por los derroteros típicos de este tipo de encuentros promocionales. Se hablaba de la trayectoria de la compañía teatral, de sus referentes, de la próxima gira… hasta que de repente salió el gordo: unas declaraciones que hicieron que levantásemos las manos de alegría y gozo transportándonos más allá de la propia noticia.

La periodista les comparaba con otros artistas que tenían un estilo propio, definido y reconocible, con los que encontramos su huella en las obras que realizan. Fue justo en ese momento cuando uno de los integrantes de la compañía defendió brillantemente que el arte es una cuestión de forma, que el estilo se encuentra en el cómo (nunca será una cuestión de fondo), y que lo que te hace único es descubrir una forma de contar que te diferencie del resto.

La importancia de esta sentencia, además de darle incluso más mérito a los teatreros, marca la cumbre de toda obra artística. Si no se usa el canal adecuado el mensaje se diluye y no llega a ningún destinatario, perdiéndose la finalidad de cualquier creación. Incluso en el mundo de los negocios se baraja el peso del cómo en el famoso Elevator Pitch.

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En este dilema se mueve todo creador o empresario. ¿Cómo hacer llegar nuestro producto o mensaje al público potencial? Con los constantes cambios tanto en canales como en costumbres y gustos, la reinvención es continua, pero el fondo ¿parece? permanecer. Tenemos que pensar nuevos caminos para que mensajes, autores, ideas o valores (nuevos o viejos) lleguen y no se estanquen en el olvido. Si nosotros, los antemillennials (o Millennials precarios, como se prefiriese), procedentes de una educación rebajada, carecíamos muchas veces de conocimientos culturales básicos, las nuevas generaciones perderán todo este poso que por nuestro bien deberíamos apreciar y mantener si no se cambia el código -para ellos puede que obsoleto- para hacerles llegar el contenido.

La voz que no cesa (Astiberri, 2017) es un claro ejemplo. Un cómic que en unas magníficas 137 páginas nos dibuja la obra y la vida de Miguel Hernández, el poeta del pueblo. Modificando el título de su segundo poemario El rayo que no cesa, Ramón Pereira y Ramón Boldú retratan la crueldad que sufrió, sin olvidar las luces de su vida. Poesía dibujada y luz que trasciende el blanco y negro, cambian solo el cristal del retrato del autor y lo lanza a los que por contexto o situación no iban a dar con él. Acercan versos y experiencia de vida, historia de España e historia de la literatura en lengua castellana.

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Este no es el único caso, hay muchos más títulos que han pasado por el arte secuencial como diría Sheldon Cooper. Así habló Zaratustra, Canción de Navidad, El rey Lear y hasta La Biblia en formato cómic manga por la editorial Herder; Lorca. Un poeta en Nueva York por Panini, Vida y opiniones de Tristram Shandy, caballero por Impedimenta, La Odisea por Norma… Una transformación visual de las obras para un público cada vez más acostumbrado a las pantallas y al contenido que a través de ellas se ofrece. Aunque el género del cómic tiene material propio y no necesita captar otros contenidos ajenos (así lo atestigua la cantidad de adaptaciones cinematográficas que se han realizado y se realizan), cada formato tiene su público y las vías transversales que recorren todos los medios hacen que se mezclen y se gane en riqueza, tantos unos como otros. Pero sí hay que darle al cómic la suerte de poder captar más atención por su característica visual, y sino pónganse delante un texto y una pantalla encendidad delante o una imagen y verifique hacia dónde se van los ojos en primer lugar.

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El cómic es un medio más para poder cambiar el discurso según las circunstancias, pero la reflexión aquí sería modular nuestras voces, no desistir y saber medir los tiempos y los modos para seguir cantando los mismos mensajes con trajes adaptados a cada uno. Muchos conocerán a Shakespeare gracias a Los Simpsons, algunos La Divina Commedia a través del videojuego Dante’s Inferno, y otros tantos a El Quijote y La Celestina por Ron Lalá.

Y la rueda seguirá, afortunadamente, girando.

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