Parapoesía, parapoetas y los límites que no debemos cruzar

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Este artículo es un recorrido por ideas sin refutar, por retazos de artículos leídos en revistas variadas, por polémicas poéticas basadas en forma y en prestigio… Un texto marciano que no va a aclarar nada ni va a aportar nada nuevo, porque, reconozcámoslo, si hablamos de poesía, de lo que debe ser y de cómo se debe escribir, no vamos a decir nada que se convierta en una máxima. Si hay una intención aquí es la de no cerrar posturas ante la creación, de dialogar sobre la escritura.

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Esta reflexión comienza al leer la entrevista que Carlos Mayoral le hizo al antiguo Secretario de Estado de Cultura, Luis Alberto de Cuenca, para la revista Jot Down Smart del mes de julio de este año. Al inicio de la conversación le preguntó su opinión sobre los nuevos poetas, aquellos que usan otros medios para sus poemas, refiriéndose el entrevistador a estos usos como las nuevas fronteras a las que se enfrenta la poesía. A pesar de que esta pregunta se centraba en cómo muta la poesía de hoy en día y en el uso de las redes sociales para su difusión, concluye la respuesta con dos términos que usa Luis Alberto de Cuenca para hablar de este fenómeno: “parapoesía” y “parapoetas”. Con esta definición se refiere a todo aquello que se aleja de la preceptiva literaria. Utiliza además un simil para aclarar la nomenclatura cogiendo el ejemplo de la farmacia y la parafarmacia. Al igual que estos campos médicos, en el campo literario la parapoesía sigue estando ligada al hecho poético pero sin llegar al prestigio que puede tener aquella que comulgue con la retórica tradicional. Más adelante se le pide que defina el estilo de los parapoetas, y lo hace afirmando que el fluir de la muñeca, el torrente de ideas sobre el papel, es su sello, dejando entrever que no hay un filtro de ideas ni ningún matiz extra que le dé validez a la obra.

Sin necesidad de entrar a juzgar la veracidad de sus palabras, aquí se puede hacer una lectura sobre la forma y el contenido de cierto tipo de poesía y su rechazo por parte de la crítica y por algunos autores. Extrañamente toda esta visión del reputado estudioso y autor Luis Alberto de Cuenca, deja un reguero de reglas establecidas que aparentemente no niegan la importancia de los versos que se salen de la senda pero que no se les permite el estatus de verdadera poesía, como sí hacen con los que cumplen los usos consolidados. Al final es un freno a la creación porque alejan a las nuevas obras de un summun literario inalcanzable y que marca patrón. Incluso si por calidad no se acercan tampoco se les permiten estar en el mismo campo, se les cierra la puerta a un género relegándolas al submundo de la “parapoesía” en este caso.

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El daño que se puede hacer desde estas categorizaciones no se sabrá si es mucho o poco, pero genera un descontento considerable. Por ello, antes que pensar desde estos puntos de vista “coercitivos”, sería mejor pensar en la poesía con miras más amplias y menos excluyentes. Una opción puede ser la descripción que hace Fernando Gómez Redondo en “El lenguaje literario” que, en vez de denostar formas o usos, pluraliza la escritura y su origen. El catedrático de la Universidad de Alcalá de Henares en su manual realiza dos tipos de distinciones en cuanto a la creación poética. Diferencia a los poetas que escriben desde dentro a fuera, y los que escriben de fuera a dentro. Explicándolo de una manera muy sencilla en este artículo, los poetas a los que le nace la creación desde dentro no colocan sus ideas en estructuras externas, sino que como su origen está lejos de moldes no puede generarse desde unos preceptos establecidos, y luego están los poetas que crean sus obras partiendo de una forma como inicio para expresarse, de la que parten para dejar su huella. Sin llegar a saber si la opinión de Gómez Redondo se asemeja a la de Luis Alberto de Cuenca en cuanto a la “parapoesía” o si pudiera aplicarse esta distinción a lo anteriormente tratado, sus palabras se pueden tomar como una ampliación del hecho poético, que no corta expresiones simplemente por no aceptar (queriendo o sin querer, por conocimiento o desconocimiento, por falta o inexistencia de talento) lo establecido o al menos respeta todas las posibilidades existentes. Con esto no quisiera defender el típico argumento de “por lo menos si lee ’50 sombras de Grey’ está leyendo, así que algún día leerá los clásicos”, más bien defiendo que con el poder de la palabra, con la distinción en categorías y la minusvaloración de algunas de ellas, creamos una élite intocable y desprestigiamos cualquier intento novedoso, tengan calidad o no.

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Hace poco, hubo mucho revuelo con la obra de Gloria Fuertes por el centenario de su nacimiento. Editoriales como Blackie Books sacaron su obra a la venta en ediciones cuidadas y con bastante éxito y se empapeló ciudades como Madrid con sus versos. Tan grande fue el impacto que el columnista de El País, Javier Marías, la mencionó y no precisamente para agasajarla. Recalcó que la valía de la poeta se había sobrestimado simplemente por ser mujer y por la época en la que vivió, no por su calidad y, para curarse en salud, sacaba una lista de autoras sí reconocidas recomendando su lectura. Tuvo múltiples contestaciones, y casi todas echándole en cara su estrechez de miras, quedándose quizá solo en una lectura muy superficial de lo que puede llegar a verse en la poeta.

Este tipo de comentarios, a veces claramente destructivos y otras veladamente recelosos de incluir en algunos terrenos a autores que según su criterio no llegan a ciertas cotas, siempre construyen en negativo. Si el fluir de la muñeca a veces es peyorativo siempre mejor será esperar la mesura con el movimiento.

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