¿Por qué seguimos trabajando en Cultura?

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Parecía que la cultura volvía a levantar el vuelo tras la crisis económica de 2008, sin embargo, la pandemia ha vuelto a complicar las cosas para el sector cultural. Proyectos cancelados, duras condiciones para los negocios culturales, ferias pospuestas, anuladas o pendientes de posibles nuevas restricciones, exposiciones aplazadas sin fecha y ayudas y subvenciones prácticamente inexistentes han vuelto a sumir a los agentes culturales en una oscuridad económica y social (ya nadie se acuerda de que la cultura, consumida digitalmente, fue una gran aliada durante el confinamiento y vuelve a ser prescindible, elitista y tachada de pedigüeña).

Crisis tras crisis, el arte y la cultura resisten a duras penas. Artistas, gestores, comisarios, escritores, actores, dramaturgos y un largo etcétera de profesiones relacionadas con el sector improvisan –más de lo normal- para llegar a fin de mes. La pandemia ha dejado al descubierto la precariedad del sector y el cansancio físico y mental de quienes intentan ganarse la vida en el mundo de la cultura. Hace unos días leí un hilo en Twitter de la escritora y fotógrafa Dara Scully en el que confesaba estar agotada por el esfuerzo constante que supone intentar vivir de la práctica artística.

Las respuestas no se hicieron esperar, la empatía y comprensión que el tweet despertó entre la comunidad no me sorprendió: yo misma he pensado en abandonar el sector cultural, me he visto obligada a desempeñar profesiones totalmente ajenas a mi formación y me he planteado seriamente reinventarme profesionalmente o buscar otras salidas laborales. Pero aquí sigo. ¿Por qué? He hablado con cuatro personas relacionadas profesionalmente con la cultura, los artistas Olalla Gómez y Jacobo Bugarín y nuestros colaboradores Mar Rodríguez Mesía y Eduardo M. Bravo, para intentar comprender por qué seguimos trabajando en la cultura.

A menudo los trabajos culturales son intermitentes o mal pagados, o ambos. Eduardo M. Bravo recuerda que “la primera vez que me contrataron como ayudante de producción teatral tuve que pedir vacaciones en mi otro trabajo para poder aceptarlo, era temporal”. En el caso de Olalla Gómez, a lo largo de su carrera ha obtenido premios, ayudas y subvenciones para artistas, no obstante “nunca han supuesto una cantidad suficiente para poder vivir de ello”, afirma la artista. Para Jacobo Bugarín la obtención de becas, premios y ayudas sí ha supuesto poder vivir de su obra aunque aclara: “Eso sí: sin un lugar fijo, durante periodos no muy largos de tiempo y con un modo de vida de muy bajo coste”, y puntualiza, “La práctica totalidad de los ingresos de los últimos años fueron derivados de mi producción artística (nunca viví de vender obra directa): becas de arte, tanto de formación como de producción, residencias, premios o distintas colaboraciones artísticas -como fotógrafo, diseñador gráfico, escenógrafo o ayudante de dirección-“. Mar Rodríguez nos proporciona otra visión desde su experiencia en su Perú natal: “El quehacer artístico, a mi entender, tiene muchas áreas que una puede desarrollar. Una de ellas ha sido la producción de eventos. Trabajé durante doce años en una productora de eventos y a pesar de que no siempre había trabajo, estaba muy bien remunerado”, cuenta nostálgica la editora que, finalmente, reconoce que “en otros quehaceres artísticos que he ido desarrollando, como la edición de libros, aún no he encontrado una sostenibilidad económica”.

En la conversación con Olalla surge inevitablemente la investigación de Marta Pérez Ibáñez e Isidro López-Aparicio, La actividad económica de los/las artistas en España (Fundación Antonio de Nebrija, 2016), una lectura muy recomendable que saca a la luz una realidad que parece ser motivo de vergüenza entre los afectados: “Del arte pueden vivir aproximadamente un 2% de los artistas, pero cuando se habla de exposiciones o trabajos parece obviarse que más del 90% de artistas tienen que desempeñar otros trabajos ajenos”, dice Olalla Gómez. El desempeño de otras profesiones ajenas a la cultura es más que habitual en el sector, aunque siempre hay quien ve una oportunidad en esta situación, como Mar que asegura que “todas me han servido; nutrían mi quehacer artístico”. Jacobo, quien sí ha podido vivir de su práctica, explica su trayectoria, marcada por becas, residencias y subvenciones: “de producción, exposiciones… y algunos premios que hicieron que siguiera manteniendo ingresos, los justos como para tener que seguir activo, siempre pensando que ese sería el último proyecto y me pondría a trabajar donde fuera”. Ahora la situación del artista ha cambiado: “Desde hace seis meses, por primera vez, trabajo en algo completamente ajeno a la creación o producción artística. Pero no lo hago para permitirme producir obra, sino para vivir y repensar el modo de vida que tuve hasta ahora. Pensar si seguir y cómo es una cuestión que nunca acaba de tener una respuesta contundente”.

Jacobo Bugarín. «Del arte más que del frío»
Vista general de la muestra individual en la LABoral Centro de Arte, Gijón, 2017- 2018

La precariedad en el sector cultural es un hecho. Solo algunos pueden beneficiarse de unas condiciones dignas y continuas y parece que hay que asumir esta precariedad como una arista más de la cultura, como que “si te gusta hacer lo que haces, ya no te pagan o te pagan mal”, ironiza Eduardo. Mar lo tiene claro: “Hemos romantizado mucho el trabajo cultural, el arte en sí; entender lo artístico como algo que tiene que costar y nacer de un sufrimiento”, y apunta: “No ha habido atención a todo lo que tiene que ver con lo organizacional, lo viable o lo administrativo en la cultura, siempre lo hemos dejado de lado como si esos haceres no tuvieran que ver con lo artístico. Esa ha sido una gran falla”. Jacobo, por su parte, se muestra pesimista: “Asumí que con mi trabajo como creador no voy a poder desarrollar una vida en sociedad mínimamente digna. No todos tienen que asumirlo dentro del sector, desde luego. Pienso realmente que trabajar en arte contemporáneo, produciendo según qué trabajos, es un lujo”. Eduardo, dentro de su resignación, ha adaptado su producción a la precariedad: “Como mi maldita vocación es narrar, me he adaptado a las circunstancias y casi en exclusividad escribo poesía, teatro o narrativa, porque puedo hacerlo en soledad y no me cuesta dinero hacerlo: solo necesito un papel, un boli o un ordenador con un procesador de textos. Lo triste es que me gusta narrar tanto en formato audiovisual, teatral como en papel, pero me tuve que quedar con la forma más asequible para mí”.


Eduardo M. Bravo, «Destruir la imagen», vídeopoema, 2017

Y, tras analizar todo este escenario económico, ¿quién no se ha planteado abandonar la cultura como medio de vida alguna vez? “Cualquiera en mi posición no sabe bien dónde está ni encuentra una explicación razonable a continuar en esta situación de precariedad. Quiero pensar que no es solamente un problema de ego, pero pocas otras excusas encuentro a tantas renuncias. Uno aprende a no quejarse tanto y cambiar dinámicas. Mantener el entusiasmo por lo que hago no es fácil pero sigue siendo una premisa fundamental: saber qué quiero hacer y que eso que hago nazca desde un lugar que aporta a un contexto concreto en un momento concreto y lo haga sin rencor”, declara Jacobo. Olalla piensa que realmente mucha más gente de que la creemos pasa por estas crisis existenciales: “Creo que hay muchísimas personas que a nivel particular y privado te lo confiesan pero jamás en público, porque las apariencias hay que mantenerlas”, la artista explica su proceso para sobrellevar estos momentos de replanteamiento vital: “El ver que tu tiempo, esfuerzo, ilusión y ganas no te llevan a los lugares que crees que deberían ser desanima mucho. En mi caso hace mucho tiempo que he desplazado muchas ideas, entre ellas la del éxito que es una idea muy, muy nociva porque no lleva a nada más que a la competencia. Para mí el éxito no tiene nada que ver con ganar premios o exponer en ciertos sitios, tiene que ver con estar bien contigo misma. Todo lo demás es una tramoya y no lleva a nada”. Con esta idea de competitividad perniciosa que menciona Olalla también termina conectando Mar: “Creo que las crisis en las que una quiere reinventarse profesionalmente no son exclusivas de la dedicación artística. Es algo muy humano y ocurre cuando ves que tienes que multiplicar tus funciones para poder llegar a final de mes, pero creo que no es el único factor que puede hacer que nos quebremos los trabajadores culturales. Pienso en el elitismo al que se llega, los círculos que se forman dentro de los mismos rubros, las mezquindades, el egoísmo, la mala onda… Eso sí me enoja y me desanima muchísimo. En un mundo que tiene un sistema basado en la competitividad, creo que es lo más devastador”.

Juan Yactayo Sono, «coto de caza», 2017. Fotolibro editado por Pequeño Pato Salvaje. Mar es una de las editoras.

Abocados a una vida de fuerte competencia, de precariedad y escaso reconocimiento, yo me pregunto: ¿por qué seguimos trabajando en el sector cultural? Queda claro nuestra valía para desempeñar varias profesiones, nuestra versatilidad y capacidad de adaptación, así como nuestro hastío y desánimo, ¿qué nos retiene? Jacobo tiene claro que el arte y la cultura se han convertido en una forma de vida, su forma de vida: “Para mí el arte es ya un espacio afectivo, el lugar desde el que me construí y con el que comparto experiencias con personas que aprecio, es un diálogo compartido que se sucede constantemente. La mayoría de mis amigos son artistas, comisarios, críticos… de algún modo entiendo la realidad a través de cuestiones y debates que el arte me permite repensar, entender el mundo de otro modo, a mí mismo y sobre todo también la relación con lo que me rodea. La creación artística como un espacio de libertad en el que todo puede tener lugar pero, sobre todo, como un lugar de encuentro entre personas”. Para Eduardo es imposible obviar su instinto creativo: “No recuerdo qué escritor dijo que escribía porque no podía hacer otra cosa. A mí me ocurre en cierto modo igual. Aunque me niegue a escribir, la cabeza te juega malas pasadas y si no narras la vida de tus personajes, acabas narrándote a ti mismo en tu vida. Y es agotador. Al final siempre acaban saliendo versos, párrafos o situaciones que escribes hasta en las notas del móvil”. Olalla piensa de forma similar a Jacobo y Eduardo: “Sigo en ello porque, en realidad, es algo que me sale, me nace solo. Produzca o no produzca obra, siempre estoy pensando en piezas porque para mí es una forma de estar y entender el mundo y dar respuesta a lo que me sucede a mí y a mi entorno, es algo que no puedo desconectar. Tiene que ver con una especie de pulsión”. Por otra parte, Mar devuelve una mirada positiva sobre un panorama un tanto desesperanzador: “Podríamos estar cambiando de oficio todo el rato y encontraríamos conexiones con nuestra creatividad siempre. Reconocer esto es un paso para entender que todo lo que hagas siempre va a nutrir tu quehacer artístico y va a volver a aparecer”.


Olalla Gómez, «CV en blanco», videoacción, 2019

Mientras cerramos los ojos y encogemos los hombros, esperando que la crisis que ha traído la pandemia pase cuanto antes -y a todos los niveles-, no podemos olvidar que nuestras condiciones, nuestra precariedad, nuestro desánimo, nuestros miedos y deseos son colectivos y esa es, precisamente, una de las grandes claves del mundo de la cultura, que trata, transmite y colectiviza sentimientos universales. En definitiva, la cultura, en nuestra humana soledad, nos acerca para sentirnos acompañados.

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1 comentario

  1. Enrifortiz on

    Creeis que sería posible que vuestro nivel de precios de obras trabajadas, fuera, por ejemplo, un habitual en tamaños medios , de 1000€, pudieran convertirse en 600€ con los mismos gastos-beneficios, con presencia principal de institución Cultural, sin mas pagos por metros de pared y mas gastos aparte, sin esas comisiones por ventas de hasta un 60% y en un entorno de alto diseño, donde solo existen creadores, en lugar de los habituales abusos y cargas sobre los creadores, por parte de los intermediarios tangentes, siempre al acecho, en este caso inexistentes, donde solamente el trabajo y la producción es constante y paralelo a la natural adquisición de obra directamente por el artista, trabajando de manera habitual y constante sin mas trabas?… creeis que es posible? cambiar esta situación?…creo que en estas circunstancias, precios contenidos y sin mas obligaciones, la solución está ahí….. En mi proyecto todo esto está solucionado, En Cultura y Mecenazgo lo trataron de «brillante», así como en otras instituciones, y si… es posible cambiar todo esto y con interesantes soluciones creativas… saludos

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