Ya están escritas las respuestas (solamente tenemos que encontrarlas)

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El día 26 de mayo de este 2018 la compañía de teatro El Conde de Torrefiel representaba en Madrid La posibilidad que desaparece frente al paisaje dentro de un fin de temporada de Los Teatros del Canal digno de loa. Se codearon con Angélica Liddell, Rodrigo García o La Veronal, artistas que en cierto modo se alejan del nivel anecdótico para dialogar directamente con el nivel moral y filosófico del hecho teatral.

Dentro de este marco circunstancial-conceptual, y a través del texto de Pablo Gisbert , me llegó el siguiente parlamento, encuadrado en la ciudad de Kiev y “escrito” por la poeta Olga Shevchenkova:

Y si estáis atentos, podréis separar la mentira de la verdad.
Lo útil de lo inútil.
Y desearéis haber tenido esa lucidez con 30 años.

Una epifanía que deriva de un proceso natural de madurez y crecimiento, donde se afirma que con el paso de los años se adquiere una perspectiva y una sabiduría que buena falta nos haría años atrás. Dentro de este pesimismo inherente, al no poder viajar en el tiempo, queremos compartirlo en un acto de bondad. No sin trabas en el camino:

Y aunque no tengáis fuerzas, sí que tendréis ganas de explicar todo esto a la gente más joven.
Pero no tendréis ni su lenguaje, ni sus formas ni su tiempo.
Y por supuesto, ellos no os van a escuchar.

Entonces, tenemos el conocimiento, pero no podemos mejorar la vida a los que vienen detrás de nosotros. ¿Estamos obligados a caer y caer en los mismos errores? “Nadie escarmienta en cabeza ajena” dicen. Tenemos que equivocarnos con nuestras propias palabras, y nada anteriormente dicho servirá para cambiar la idiosincrasia de los nuevos habitantes de este mundo puesto que no les pertenecen las caídas.

La fuerza del discurso en El Conde de Torrefiel no solo procede del marco textual, también es su quehacer escénico el que potencia las palabras. Al alejarse del drama aristotélico no se puede colocar dentro de los lugares comunes la experiencia vivida en la butaca. Este tipo de teatro crea un ambiente fuera de nuestra zona de confort como espectadores, genera mundos en los que no estamos armados con conceptos propios a los que atar la comprensión de la obra. Y este mensaje consigue calar hondo. Cambia el modo de contar la buena nueva y la reacción del espectador varía. Han sido los autores los que han “extrañado” la escena para que se salga de los carriles preconcebidos, un doble salto mortal para conseguir la meta: que les escuchen. Pero… ¿el espectador-lector no se esfuerza nada? ¿Tienen que obligarnos a concentrarnos?

La literatura (también el arte en general pero en otros contextos) es el mejor reflejo del pensamiento anterior, aquel que por tiempo o espacio se ha quedado atrás y no nos llegaría si no fuera por el testimonio escrito. Grandes pensadores, autores, filósofos… han dejado su huella utilizando la palabra, han debatido consigo mismos en una batalla más cruenta que el debate. Pero el uso que le dieron a sus herramientos se ha quedado anticuado, extranjero a nuestros oídos, aun teniendo un valor profético-resolutivo para nuestras vidas. ¿Qué hacemos si no queremos oír detalladamente?

El mayor problema surge de la falta de interés, a pesar de las obvias mejoras que obtendríamos al escuchar a los antiguos creadores. Pero no queremos aprovechar el avance que nos supondría por un cambio meramente técnico en el aparente desfase en la comunicación.

Si atendemos a la actualidad, observamos los problemas que achacan a nuestra sociedad con dureza. Por centrarnos en un ejemplo, día a día notamos las consecuencias de una desconexión total entre la figura de la mujer y del hombre, por la educación irracionalmente opuesta que por estereotipos se nos otorga, en términos de respeto y convivencia. Por primera vez en la historia parece que estamos en el camino a la solución al verbalizar la realidad, pero no fuimos los primeros. Virginia Woolf en su obra Orlando (1928) ya puso palabras a una raíz demasiado profunda. En su novela narra la vida a lo largo de 300 años de un joven aristócrata aficionado a la literatura que, una mañana, despierta siendo mujer. Las frases siguientes al cambio hacen tambalear cualquier prejuicio:

El cambio de sexo, si bien alteraba su futuro, no tenía por qué alterar su identidad. Su cara era, como lo demuestran los retratos, practicamente la misma. Sus recuerdos, […] los que ella conservaba, no encontraron al retroceder a través de todos los acontecimientos de su vida pasada, ningún obstáculo.

Distinto cuerpo, misma persona. La autora inglesa ya marcó como única diferencia entre los dos géneros el cuerpo biológico. Incluso remarca que las diferencias que podrían separar las actitudes de un sexo u otro dependerían de la educación:

Joven, noble y hermosa, se había despertado para hallarse en una situación que no podemos imaginar más delicada para una joven de alta alcurnia. Si agitara la campanilla, rompiera a llorar o se desmayara, no la criticaríamos. Pero Orlando no dio muestras de tales signos de alteración.

Los libros (no todos, obviamente) esconden la verdad del ser humano porque, muy a nuestro pesar, no cambiamos, solo la circunstancia es otra. Llevamos siglos de escritura, de reflexión sobre nosotros mismos, y leer es escuchar a los que vivieron antes que nosotros. Tenemos siglos y siglos de historia escrita como para fijarnos y adaptarnos a sus palabras, aprender de lo que dijeron y aprovechar sus revelaciones para nuestro beneficio en el ejercicio menos egoísta que pueda existir. Porque, como dice Pablo Gisbert:

Todo lo que puede suceder durante una vida ya está dicho, escrito y repetido desde hace miles de años.
Los temas nunca han cambiado, sólo cambian las formas.

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Más información

El texto de La posibilidad que desaparece frente al paisaje se puede encontrar en Mierda bonita (Ediciones La uÑa RoTa, 2015) junto a otros del autor para El Conde de Torrefiel.

www.elcondedetorrefiel.com

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