I confess (1953, Alfred Hitchock)

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Comienzan los títulos de crédito, vemos unas escaleras que comunican la parte alta con la baja de la ciudad y una reconocible figura cruza la pantalla. Es Hitchcock, uno de los mayores genios de la historia del cine, que gustaba de salir en el primer plano de casi todas sus películas como un personaje extra sin importancia.

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Después de esto, lo primero que vemos es un cadáver en una habitación. Así es como Hitchcock nos pone en situación; todavía no sabemos nada, pero ya nos ha indicado que la película va a girar en torno a un suceso escabroso y, poco a poco, nos irá guiando hacia el final. La trama del film no consiste en resolver el misterio de quién ha asesinado a la víctima, de lo cual nos enteramos en los primeros minutos de metraje, sino en cómo se resuelve una situación desesperada de engaños y traiciones, un conflicto moral entre dos personajes y en cómo actuará cada uno de los dos antagonistas.

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Montgomery Clift representa al padre Michael Logan, que escucha la confesión del asesinato del abogado Villette cometido por Otto Keller, un refugiado alemán de la posguerra que, ayudado por el padre Logan trabaja de sacristán en su parroquia, junto a su mujer. Un dato importantísimo para el desarrollo de la trama del film es que los sacerdotes deben guardar el sigilo sacramental, no pueden revelar lo escuchado en confesión ni siquiera aunque se haya cometido un delito, bajo pena de excomunión; algo en lo que se ampara Keller.

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Lo primero que sucede, y que no juega en favor del padre Logan, es que unas niñas fueron testigo de que un hombre vestido con sotana salió del despacho de Villette justo después del asesinato, quien no era más que Keller disfrazado. Ese es el momento en el que aparece implicado el sacerdote, aunque según Hitchcock “cualquier sacerdote que recibe la confesión de cualquier asesino está relacionado con el crimen después de hecho”1.

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Como en muchas otras de sus películas, el director trabaja sobre la idea de la culpa y dos aspectos que giran en torno a ella: el sentimiento de culpa y la transferencia de ésta para que otro pague el crimen cometido. Decía Truffaut: “tenemos en pantalla al que cometió el crimen y al que hubiera podido cometerlo”, pues el padre Logan tenía un móvil para ello y, sin embargo, no hizo nada, ni siquiera hablar con Villette. Y también que “a partir del instante en que Montgomery Clift recibe en confesión la declaración del crimen cometido por Otto Keller es el sacerdote quien se convierte en culpable y así es como lo entiende el asesino”2. Otto Keller es un personaje que apenas se siente culpable por lo que ha hecho; al principio lo hace y por eso se confiesa ante el padre Logan, pero el miedo a ser descubierto hace que incluso quiera inculparle para no ser acusado él mismo.

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“Montgomery Clift hace un trabajo extraordinario. De un extremo al otro de la película, sólo tiene una expresión, e incluso una única mirada: una dignidad total con un leve matiz de asombro”3. Nunca he visto en el cine unos ojos como los de Monty, profundísimos y tan expresivos; toda la cinta tiene una mirada contenida, adolecida por un gran conflicto interior sobre lo que está bien y lo que está mal y sobre si debe guardar silencio, para no faltar a su juramento con Dios, o revelar a la policía el secreto contado en confesión. Los dos caminos son igual de buenos e igual de malos, pues si habla estará ayudando a encerrar al asesino, pero cometerá una falta grave contra Dios y contra sí mismo traicionando sus creencias; y si calla estará dejando en libertad a quien no lo merece.

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El espectador espera durante toda la película que el padre Logan al final hable, porque cada vez está más acorralado por la policía y cada vez es más sospechoso de un crimen que no ha cometido. Es un personaje que se debate en un conflicto moral sobre el honor y al espectador le parece que al final tendrá que realizar una elección dolorosa en la que cualquiera de las dos opciones a considerar es trágica y conlleva el sufrimiento de alguien.

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Hitchcock, en el momento culminante del filme, realiza un trabajo de dirección espléndido intercalando planos de la policía buscándole y del sacerdote debatiéndose. Esta escena está llena de símbolos que indican al espectador lo que puede estar pensando el protagonista, pero hay un plano concreto que me parece estéticamente magnífico, en el que se ve al sacerdote de fondo, caminando, y en primer plano una escultura de la pasión de Cristo cuando éste cargaba con la cruz en la que sería crucificado. Parece hacer la comparación entre el padre Logan y Cristo, los dos acusados injustamente, y a la vez utilizar ese símbolo, como una metáfora de la historia bíblica, para mostrar su angustiado via crucis, como lo llama Jordi Picatoste4.

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I confess es una de mis películas favoritas, aunque fuera la menos valorada por el gran director y por el público en general. Uno de los filmes más ejemplares en cuanto a símbolos, miradas, ángulos y encuadres, ya desde las primeras escenas, en el que a veces la propia imagen cuenta lo que está pasando sin diálogo o con un diálogo trivial que no tiene que ver con lo que se ve. Y sobre esto, decía Hitchcock algo que me parece muy interesante:

Este es un punto fundamental de la puesta en escena. Me parece que las cosas ocurren a menudo así en la vida. Las personas no expresan sus pensamientos más profundos, tratan de leer en la mirada de sus interlocutores y, con frecuencia, intercambian palabras triviales mientras intentan adivinar algo profundo y sutil.5

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1 TRUFFAUT, François; El cine según Hitchcock. Madrid: Alianza. 1974. p. 175.
2 Ibid.
3 Ibid.
4 Coleccionable RBA. 2008. p. 20.
5 TRUFFAUT, op. cit., p. 177.

 

Créditos de las imágenes: www.rottentomatoes.com, epicpew.com, www.siskelfilmcenter.org, the.hitchcock.zone, isaacandjason.com, www.thelunchmovie.com, the.hitchcock.zone,

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