Qué clase de persona eres si has devorado libros durante la pandemia

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¿Nos sentamos a leer durante el apocalipsis?

Cuando no podíamos salir a la calle, se nos sugerían actividades para entretenernos durante las interminables horas de encierro, y una de ellas fue la lectura. Era una manera eficaz de combatir la mella que pudiera hacernos el confinamiento, de evadirnos y buscar cierta paz. En mi caso, cuando estaba con niveles de ansiedad estratosféricos, alguien (intentando ayudarme) me dijo por teléfono: “Aprovecha y ponte a leer libros pendientes”. Esto fue como al mes de estar metidos en casa, pero por desgracia yo había decidido abandonar la lectura unas semanas antes tras una experiencia desagradable, quizá por incompatibilidad de las circunstancias globales con mis lecturas. Los libros que tenía en ese momento en la mesita de noche eran Se questo è un uomo de Primo Levi y Libro del desasosiego de Pessoa, y os aseguro que leer sobre campos de concentración y sobre ese sentimiento tan desafortunadamente romantizado del escritor portugués no me brindaba la calma necesaria en una situación de caos absoluto, y de ahí nació mi idea de la lectura como un error. Yo no paraba de ver por redes sociales conocidos y desconocidos que aprovechaban ese tiempo maldito para avanzar en sus estudios, lecturas o proyectos laborales, y yo me enfadaba cada vez más y más, con ellos, conmigo y con el mundo. “¿Cómo tenéis el santo cuajo de seguir adelante como si nada? ¿Es que no veis que el mundo se cae a pedazos? ¿Cómo os atrevéis a concentraros en las líneas de vuestros libros?”. Esos eran mis pensamientos de entonces, y cada noticia, ruido de ambulancia o llanto de entre las paredes de mi edificio me daban la razón, mi razón en aquel momento. Obviamente, las mentes y los cuerpos de cada lector, de cada uno de nosotros, reaccionan de manera distinta, pero desde mi individualidad, mi razón, desde la que veo el resto del mundo, estaba ocurriendo algo ilógico, algo que para mí llegaba a ser blasfemo. Era como si una persona se concentrara en un libro mientras arde su edificio, mientras sus vecinos van muriendo asfixiados y no mueve un músculo por ayudarlos. Y eso, para mí en aquel entonces, era algo antinatura. Mi cuerpo me pedía sobrevivir y le encargaba a mi mente que buscara a ritmo frenético un modo de escapar de esa situación. Había que atacar al enemigo, y no era el tiempo de ponerse a leer. ¿Acaso te pondrías a mirar las estrellas en medio de un tiroteo? La calma es lo último que se le puede pedir a alguien que está en una crisis: “No, tú tranquilo y ponte a leer en tu casa encerrado, obnubílate con la belleza de las palabras, que fuera solo hay una pandemia que está matando a medio mundo, y todavía no te ha tocado a ti”. ¡Era de locos!

Que sí, que nos lo decían porque los libros nos sirven para abstraernos del mundo y era el mejor momento para aprovechar esa cualidad y no perder la razón, lo sé, pero seguía siendo una forma de dar la espalda al dolor, al sufrimiento que nos rodeaba, al peligro que nuestro cuerpo detectaba, o al menos lo era para nuestra parte más primigenia, la que busca la supervivencia. Y negar esa alerta, apagar sus señales, habría sido como darle comida al sediento y decirle que esos ricos platos salados le van a calmar la sed. Nuestro cuerpo que, al fin y al cabo, es el de un animal que no conjuga bien los avances de nuestra mente con sus propias pulsiones físicas, y nos impide concentrarnos en algo recreativo o formativo como es la lectura, si el monstruo se esconde invisible por nuestras calles, fuera de nuestras casas. Hay que estar alerta, tuvimos que estar muy alerta, durante mucho tiempo, y cuando todo eso fue rebajando su crueldad a nuestro cuerpo y a nuestra mente le cuesta relajarse. Después del horror que nos puso los pelos de punta, es difícil volver a la normalidad y aprovechar la tarde del domingo para relajarnos con un buen libro.

Pasaron los meses, nos dejaron salir de casa, viajar… llegaron las vacunas, los hospitales se fueron quedando más libres… Parece que el peligro va, a día de hoy, disminuyendo. Nuestro cuerpo puede comenzar a relajarse, podemos (puedo) volver a leer, a obnubilarme con esas estrellas porque ya no hay tiroteo. Entonces, ¿por qué no puedo leer como antes? ¿Mi sistema de alarma me impide concentrarme como antes de que la vida nos diera un vuelco? ¿Volveré a la lectura en algún momento?

Como quiero abandonar mi visión individualista del confinamiento, he querido preguntar a amigos y conocidos qué les ha ocurrido a ellos, si la pandemia no les supuso ningún trastorno en cuanto a la concentración o tuvieron a raya su parte más visceral, si mantienen los niveles de concentración intactos y pueden continuar leyendo sin problemas. Los menos son los que no les afectó de ningún modo e incluso aumentaron sus lecturas, pero son muchos los que, una vez con un libro en las manos, no superan las tres páginas pensando solo en la historia impresa. Pero ni libro, apuntes, película o podcast. A las pocas páginas o minutos la mente vuelve a la realidad y abandona la bella ficción. Esto, claramente, tiene sus consecuencias no solo a la hora de leer sino de memorizar. El otro día iba por la calle intentando recordar los nombres de la novela histórica que leo antes de dormir. Sé quienes son, en mi cabeza les he dibujado un rostro, pero sus nombres bailan y desaparecen, y pronto sus contornos, porque si no estamos concentrados mientras leemos o estudiamos durante las horas que sean, ¿cómo van a quedarse con nosotros esos personajes a lo largo de nuestras vidas?

Seguramente este artículo parezca fatalista, desangelado. Puede que la visión más coherente o respetada sea la de aquellos cuya mente controla su cuerpo y han sabido trascender las señales de alarma, pero para los que hemos vivido desde otro ángulo la lectura se convirtió en un sinsentido en aquellos momentos en los que nuestros cuerpos nos pedían correr, y así quise reflejarlo. Quizá no pudimos salir ni al tranco de la puerta, pero queríamos correr kilómetros para encontrar calma, y una vez la encontrásemos, ponernos a leer, con la seguridad que te da estar fuera de peligro.

Como parece que los apocalipsis se multiplicarán según avancen los años, para los que la concentración delante de un libro es imposible, quizá debamos aprender a entretenernos sobre soportes que no nos requieran estar quietos en un mismo lugar. Quizá para muchos haya muerto la lectura.

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